jueves, 9 de diciembre de 2010

Paul Auster - El Cuaderno Rojo (y 12)


12

Una tarde de hace muchos años a mi padre se le caló el coche en un semáforo en rojo. Se había desencadenado una terri­ble tormenta y, en el preciso momento en que el motor fallaba, un rayo alcanzó un gran árbol de la calle. El tronco del árbol se partió en dos y, cuando mi padre se es­forzaba en volver a arrancar el motor (sin darse cuenta de que la mitad superior del árbol estaba a punto de desprenderse), el conductor del coche que lo seguía, viendo lo que iba a suceder, pisó el acelerador y empujó el coche de mi padre más allá del cruce. Un instante después, el árbol se es­trellaba contra el suelo, en el sitio exacto que había ocupado el coche de mi padre. Lo que estuvo a punto de convertirse en su final, milagrosamente no pasó de ser una anécdota en la historia inacabada de su vida.

Un año o dos más tarde, mi padre es­taba trabajando en el tejado de un edificio en Nueva Jersey. No sé cómo (yo no es­taba presente), resbaló del alero y se precipitó al vacío. Otra vez iba de cabeza al de­sastre, y otra vez se salvó. Un tendedero frenó su caída, y escapó del accidente con apenas unos chichones y algunas magulla­duras. Ni siquiera una conmoción. Ni si­quiera un hueso roto.

Ese mismo año nuestros vecinos de en­frente encargaron a dos hombres que pintaran su casa. Uno de los trabajadores se cayó del tejado y se mató.

Resulta que la niña que vivía en aque­lla casa era la mejor amiga de mi her­mana. Una noche de invierno, fueron jun­tas a una fiesta de disfraces (tenían seis o siete años, y yo tenía nueve o diez). Mi pa­dre había quedado en recogerlas después de la fiesta, y, a la hora convenida, yo lo acompañé en el coche. Aquella noche hacía un frío que pelaba, y las calles estaban cubiertas por traicioneras capas de hielo. Mi padre condujo con prudencia, e hici­mos sin problemas el trayecto de ida y vuelta. Pero cuando nos detuvimos frente a la casa de la niña, de repente se desenca­denó una serie de acontecimientos invero­símiles.

La amiga de mi hermana iba disfrazada de princesa de cuento de hadas. Para com­pletar el disfraz, había cogido un par de za­patos de tacón de su madre, y, como le bailaban los pies en aquellos zapatos, cada paso que daba se convertía en una aven­tura. Mi padre paró el coche y se apeó para acompañarla hasta su puerta. Yo iba detrás con las chicas, y, para dejar salir a la amiga de mi hermana, me tuve que ba­jar primero. Me recuerdo de pie en la acera mientras ella conseguía salir, y, en el momento en que la niña sacaba el pie, noté que el coche se deslizaba lentamente marcha atrás, quizá por el hielo, quizá por­que mi padre había olvidado echar el freno de mano (no lo sé); pero, antes de que pudiera avisar a mi padre de lo que pasaba, la amiga de mi hermana apoyó en la acera los tacones de su madre y se res­baló. Cayó bajo el coche -que seguía mo­viéndose-, estaba a punto de morir aplas­tada por las ruedas del Chevrolet de mi padre. Por lo que puedo recordar, no hizo el menor ruido. Sin pararme a pensar me agaché, le cogí con fuerza la mano dere­cha y de un tirón la subí a la acera. Un ins­tante después, mi padre notó por fin que el coche se movía. Saltó al asiento del con­ductor, puso el freno y detuvo el coche. Desde el principio hasta el final, la cadena completa de desgracias no debió de durar más de ocho o diez segundos.

Durante años he tenido la sensación de que éste había sido el momento más hermoso de mi vida. Había salvado la vida de una persona, y, retrospectivamente, siempre me ha sorprendido la rapidez con que reaccioné, la seguridad de mis movimientos en aquella situación crítica. Volvía a imaginarme el salvamento una y otra vez; una y otra vez revivía la sensación de sacar a la niña de debajo del coche.

Un par de años después de aquella noche, nuestra familia se mudó de casa. Mi hermana perdió el contacto con su amiga, y yo no volví a verla hasta quince años más tarde.

Era junio, y mi hermana y yo habíamos vuelto a la ciudad a pasar unos días. Por casualidad su antigua amiga apareció y nos saludó. Había crecido mucho, ahora era una joven de veintidós años recién li­cenciada, y debo decir que sentí un cierto orgullo al ver que había llegado a adulta sana y salva. Sin darle importancia, hice alusión a la noche en que la había sacado de debajo del coche. Tenía curiosidad por saber cómo recordaba su encuentro con la muerte, pero por la expresión de su cara cuando le hice la pregunta era evidente que no recordaba nada. Una mirada vaga. Un leve fruncimiento de cejas. Un encogi­miento de hombros. ¡No recordaba nada!

Entonces me di cuenta de que no se había enterado de que el coche se movía. Ni siquiera se había enterado de que es­taba en peligro. Todo el incidente había durado lo que dura un relámpago: diez se­gundos de su vida, un intervalo sin conse­cuencias, que no había dejado en ella el menor rastro. Para mí, sin embargo, aquellos segundos habían sido una experiencia definitiva, un acontecimiento extraordina­rio de mi historia íntima. Lo que más me asombra es admitir que estoy hablando de algo que sucedió en 1956 o 1957, y que la niña de aquella noche tiene ahora más de cuarenta años.

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